Las bellas flores del campo dejaron lugar a las coquetas rosas de la ciudad (gigantes).
Carteles de "No hay lugar" en la fachada de los alojamientos, y todos los restaurantes colmados, cual pequeña Mar del Plata.
Cuando una enfila a la cabaña tranquila que quiso alquilar piensa: "todo bien con vivir en el bosque, pero de día" (a propósito de la fantasía a veces presente de venirse a vivir a Bariloche)". A no ser que te acostumbres a la incertidumbre de las noches negras...
Dicen que la paz interior sobreviene después de tres días de vacaciones. Parece verdad, porque así pasa.
Vuela rápido la semana.
Llega el momento de irse.
Viajar en auto, de acompañante, debe ser una de las cosas que mas me gusta hacer en la vida. Hay tránsito, mucho (los autos parecen hormigas detrás de un camión en una subida), (va para la cordillera mas gente que la que viene). Y mucha agua en el Limay, casi sobre la banquina.
El baño de la confluencia mejor evitarlo: un clásico de la suciedad.
El puesto de control para a mujeres y autos pobres: así no vamos a frenar muchos delitos ni accidentes, muchachos.
Al llegar me espera mi vista de caños, rosal, damasco desmadrado y muebles del vecino en la entrada; sino sería un lugar ideal. Y bueno, para eso son las vacaciones: para vislumbrar un rato el Cielo.
martes, 22 de enero de 2013
viernes, 23 de noviembre de 2012
Noviembre en San Martín
Antes de
viajar a San Martín de los Andes, pensaba encabezar esta nota así:
“Si las
ciudades tienen una esencia, la de San Martín es la tranquilidad. Cada rincón
destila paz…”.
Sin embargo,
después de volver, mi opinión ha cambiado un poco. Está bien, no es aún esa
ciudad bastante movida de montaña que constituye Bariloche, pero tampoco es el
paraíso de calma que me pareció hace ocho años atrás, la última vez que había
ido.
Esta vez, se
escuchaban sirenas, me contaron de robos reiterados a viviendas. Además, siendo
este mes (temporada baja en turismo por acá) había bastante movimiento en las
calles, por la mañana y a la tarde. Eso
sí, si alguien quiere una fiebre de sábado por la noche con boliches, calles
atestadas de noctámbulos y demás, no la va a encontrar. En eso, San Martín
sigue conservando aires pueblerinos.
Una de las
cosas hermosas en esta época del año son
las flores. Creo que hasta el más reacio a la naturaleza, quedará seducido por
la brillantez de sus colores en esta localidad. Rosas de toda especie, unas flores
violetas, otras blancas; retamas que
explotan cual fuegos artificiales sobre las laderas. Lo que en otros lados
cuesta prender, acá crece como yuyo.
La gastronomía
es otro punto destacable. Hay pocos lugares, pero buenos. Cada desayuno,
helado, factura, bizcochito y comida que tomé, era muy recomendable.
No encontré
quién hiciera delivery, y un día casi entero no hubo electricidad porque la
empresa eléctrica hacía tareas de mantenimiento. Noviembre en San Martín…
Alguien se robó un azul metalizado de algún auto... (el lago Lácar)
domingo, 12 de agosto de 2012
Mendoza
Lo primero que una recuerda cuando piensa en
esa ciudad son los árboles. Altos como en ningún otro lado, abrazan tus recorridos como un amigo. También vienen a la
mente los canales al costado de las calles (vacíos ahora en invierno) y las montañas
al fondo, cual símbolo de estabilidad.
Los fríos no son tan duros (de hecho, con el
sol de frente, es necesario poner el aire acondicionado en el viaje de ida).
Lugares para visitar estando en Mendoza: la
plaza Independencia y la peatonal, las termas de Cacheuta, el paso del Cristo Redentor,
Villavicencio, Chacras de Coria, el parque San Martín y el Cerro de la Gloria, y por supuesto, una bodega (para algunas hace falta reservar). De noche, la calle Arístides (que en
realidad la encontrarán con el nombre de A. Villanueva en los carteles, pero los mendocinos
la llaman de aquella forma), los boliches al final de la San Martín y yendo a Chacras.
Después de las 8, cuando ya anochece, no conviene circular por la peatonal,
se vuelve peligroso.
De souvenir, algún (o algunos) vino que no se consigue
en el supermercado de tu localidad, y aceite de oliva, que también tiene otro precio
acá (más barato).
Por último, algo para decir de las rutas
que atravesamos: en Río Negro encontrarán muchos puestos policiales, pero pocos los detienen. En La Pampa casi
no hay, aunque un dato curioso es que carteles a la vera piden "Por favor,
no molestar a los otros automovilistas". Y en la provincia de Mendoza todos
los policías paran a los que andan en auto o en moto. Las barreras sanitarias,
especie de aduanas dentro del propio país, no dejan pasar ciertos productos
(a tener en cuenta) y cobran por la inspección.
viernes, 29 de junio de 2012
Al ir (Bariloche I)
Salimos de noche, parece una ida acá nomás, a Neuquén. En los alrededores, los vehículos oficiales del petróleo, las camionetas, pululan. Pasamos un motociclista vestido con el mismo equipo naranja que usan los habitantes en la Antártida.
El rosa femenino de la luz de la mañana. El celeste bebé que pinta el cielo después.
Veo un santuario de la Virgen y al lado uno del gauchito gil, como ese kiosco que se puso junto a otro para competir. Con el correr de los kilómetros, se verá que el santo moderno pagano sin canonización, gana claramente.
Está el mate y la amplitud de la ruta que se me aparecía en mis sueños: el sumun. Esos yuyos que parecen pirinchos bien pajosos. Las lomas todavía suaves le darán onda a la estepa de la Patagonia que en la cercanía con La Pampa, por ejemplo, hace tan tedioso un viaje en auto.
Y llega la parte de Confluencia. Sus montañas rocosas amplificadas, protectoras. Por ahí me viene el recuerdo de una foto de Alaska. ¿Qué son esas coronas rojizas?. Ah, plantas de rosa mosqueta. No recuerdo haberlas visto tanto en esta parte, en otros años. Tal vez hacía mucho que no venía al principio del invierno. Villa Llanquín también está grande; si sigue así se convertirá en pueblo. Unos hilos de agua que vienen de lo alto circulan tranquilamente al costado de la ruta, a la izquierda nos sigue el pariente más grande que es el río Limay. La generosidad de los colores.
Como frutilla del postre, un arco iris que va a parar a una cordillera nevada forma una línea para que Bariloche nos de la bienvenida.
Me doy cuenta que tengo una sonrisa petrificada en mi cara.
Lo inamovible de la vida siempre es más aceptable cuando se viaja.
Ahí (Bariloche II)
Siempre es un gusto verte.
El Nahuel Huapi nos recibe con unas olas de mar. Se ven los primeros perros de frío, con su espeso pelaje, uno de los ejemplos mas emblemáticos de la adaptación al medio ambiente (la misma raza que en Roca tiene un centímetro de pelo, acá tiene cinco). Unos mochileros hacen malabares, literalmente, para que los levanten. Qué grande está el INVAP. Las casas mirando orgullosas desde la nariz de su tejado hacia el lago.
Buscamos un lugar barato y bueno para comer.
Después a la cabaña. Hay lluvia, por momentos contundente, como presagio de nieve, pero no importa. Se escuchan los coches que pasan por la avenida Bustillo, pero no importa. Me doy cuenta que esta vez el cielo está diferente al de la última que vine: se han ido las malditas cenizas.
Como eso de venir a desenchufarse totalmente no va, prendo la tele. El regreso de River a Primera A.
A la noche, la contradicción entre el sonido del arroyo que baja a full y el boliche televisivo del nuevo show de Ricardo Fort en la tele. Se escucha una ambulancia, qué raro acá. Pero es lógico, Bariloche no solamente es una de las ciudades mas turísticas del país, sino también la más poblada de la provincia de Río Negro.
Día 2: La noche ha corrido todas las nubes. Caminata vigorizante por la orilla del lago. A la tarde el recorrido hacia el lago Mascardi nos hace atravesar la otra cara de Bariloche, la real, la que no es de ensueño. Igual, esas casitas derruidas qué lindas se ven contra las altas montañas nevadas de atrás.
A la hora de dormir, el arroyo me arrulla.
Día 3: El ruido del arroyo pierde con el de los autos de lunes que pasan. Amanece bien de a poquito. Los bonitos cerros se van dejando ver. Me puedo malacostumbrar a esta vista desacostumbrada. Y Wimbledon corta con toda la paz cordillerana de la mañana (la luz del televisor es muy poderosa).
Basta con voltear dos centímetros la cabeza para encontrarme con el remanso del paisaje, su consuelo infalible, frente a la rabia que provocan las noticias (he prendido mi compu, no lo pude evitar).
Salimos otra vez a caminar. No es lo mismo sentir una ciudad en auto que a pie, y lo dice una fanática del primero. Hay superpoblación de arroyitos en el camino. El sol desalienta rápidamente al hielo. Su calorcito en la cara en invierno es una rara joya. Llegamos al centro. Me encanta andar vestida de turista y que se me note: gorro, bufanda y campera inflada; hasta que los vendedores de la calle Mitre, que olfatean visitantes y los atosigan, me hacen cambiar de idea. Volvemos por la costanera. Descubro los edificios tipo de gran ciudad que hay allí y que la plaza clásica del turismo se llama Italia. La superficie plateada del lago me tiene fascinada. Así la vuelta se hace más corta, será que acá el optimismo aflora y las piernas se hacen más fuertes.
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